Development needs citizens

El verano de 2011 está teniendo un efecto sobre mí como el típico septiembre o el año nuevo: todo son propósitos, sólo que en vez de proponerme una dieta, apuntarme al gimnasio o empezar la colección de los dedales de la abuela, ha aparecido un pequeño yo creativo. Primero fue retomar Twitter y ahora este blog.

Estaba a punto de leer un documento de DEEEP que lleva por título el mismo que este blog y este post y me he dicho a mi mismo “¿otra lectura?, ¿por qué no escribir algo por una vez?”. De repente me he visto delante del ordenador. Lo de utilizar el inglés para el título no tiene mucho misterio. Aparte del ahorro de esfuerzo, sólo había que copiar, me pareció que sonaba mejor que en castellano. Se trata, sin duda, de la típica relación de amor – odio que tenemos muchos españoles con el idioma de Mandela (el otro día cumplió 93 años y se merece un homenaje, además me sirve para no repetir lo típico del idioma de Shakespeare): no somos capaces de entenderlo y mucho menos de hablarlo bien, pero nos suena mucho mejor que el de Cervantes (me costaba encontrar algún español a la altura de Mandela, así que lo típico, Cervantes). ¿O alguien tatarearía la famosa canción de U2 si Bono cantara “Domingo, domingo sangriento”? Suena raro, pero “Sunday, Bloody Sunday” suena espectacular.

Volviendo al blog, el objetivo que me he marcado está, evidentemente, relacionado con el título, escribir algunas reflexiones en torno al papel de la ciudadanía, el voluntariado, la movilización social, las redes, etc. en el desarrollo de los países del Sur y la lucha contra la pobreza a nivel internacional.

Y me parecía adecuado comenzar por algo que últimamente está en boca de todos, al menos los que nos movemos en el mundo de la cooperación, aunque por desgracia, no tanto entre la ciudadanía en general, un tema que parecía superado con el Pacto de Estado contra la Pobreza pero que ha vuelto con fuerza: los recortes en la ayuda oficial al desarrollo de las administraciones españolas, de casi todas y de todo color político, y de cualquier ámbito: nacional, autonómico y local.

Lo último al respecto llegó de Canarias, donde el Gobierno, dando un paso más allá, no sólo ha eliminado su convocatoria de ayudas, si no que lo ha hecho después de haber lanzado la convocatoria y tras haber presentado las ONGD sus proyectos, como indica en un comunicado la Coordinadora Canaria de ONGD.

El panorama es general, con recortes por parte de la Administración General del Estado, la Xunta de Galicia, la Generalitat de Cataluña o el Ayuntamiento de Madrid.

Un argumento que toma peso para justificar estas decisiones es que la crisis obliga a nuestras administraciones a centrarse en los problemas de casa. Sin duda, casi cinco millones de desempleados son un reto descomunal al que tenemos que hacer frente, no sólo nuestros gobiernos, si no como sociedad. No obstante, muy probablemente ninguno de nuestros vecinos se encuentre en situación tan precaria como en Somalia, por ejemplo, donde Naciones Unidas acaba de declarar oficialmente el estado de hambruna en el Sur y el Centro del país, algo que no ocurría desde 1992, hace casi 20 años.

Pero, aunque pudiéramos aceptar este argumento, la pregunta es si esos recursos detraídos de la ayuda al desarrollo se están destinando realmente a los más necesitados de nuestro país. Se me ocurren algunos ejemplos que creo que plantean dudas sobre las prioridades de gasto, sin recurrir al muy utilizado en los últimos tiempos (y no por ello menos válido) del rescate bancario (no utilizo éste porque, aunque criticable, bien es cierto que se podría argumentar que a nadie le gustaría perder sus ahorros y que las intervenciones de la Caja de Ahorros del Mediterráneo o de Caja Castilla – La Mancha están justificadas para evitar un mal mayor).

Ahí van los ejemplos, uno a nivel local, otro regional y otro estatal:

  • Si el Gobierno español hubiese renunciado a 21 de los 87 ‘cazas’ que compró en 2007, podría haber destinado ya desde entonces el 0,7% en cooperación al desarrollo, un dato de la Plataforma 0’7.
  • Según publicaba Cinco Días, la Corporación Catalana de Medios Audiovisuales le cuesta a cada catalán 50 euros al año y Telemadrid 15’5 euros al año (datos de 2008) a cada madrileño. Ese mismo año, según datos de Intermón Oxfam, la ayuda per cápita de Cataluña fue de 8’53 euros y la de Madrid 6’22 euros, lo que supuso un 0’22% y un 0’21% respectivamente de su presupuesto total. Desconozco la calidad de la televisión catalana, pero un rato frente a la pantalla viendo Telemadrid es suficiente para considerar escasamente justificado el gasto que supone, al menos en el formato actual.
  • El Ayuntamiento de Madrid eliminó la partida de cooperación al desarrollo de 2010 que tenía un monto de 13 millones de euros, el 0’2% de su presupuesto. Muy poco comparado con otras partidas de menos calado social como la de reemplazar todas las papeleras de Madrid, que supuso 72 millones de euros.

Gobiernos de ámbitos diferentes y de partidos diferentes, pero medidas parecidas, escasamente relacionadas con los problemas sociales de la población española.

Ante esta situación, el próximo octubre, la próxima Semana de Lucha contra la Pobreza (www.pobrezacero.org) las ONGD y su base social (voluntarios, socios, simpatizantes, personal contratado,…) tenemos el deber de unir esfuerzos para convocar a toda la ciudadanía a que se movilice a favor de las políticas públicas de lucha contra la pobreza, recordando a todos que son titulares de derechos y que como tales tienen el poder de decidir, de influir en el destino de unos recursos que son de todos.

En este sentido, no se me ocurre mejor cierre para este primer post que dejar un párrafo de la revista nicaraguense Enlace en un número especial dedicado a la participación ciudadana:

“La democracia puede entenderse de dos maneras: como un ideal de sociedad y como un sistema político. Como ideal de sociedad se basa en la igualdad y en la libertad de todas las personas; donde las leyes y los derechos son iguales para todos y todas, sin hacer diferencias por religión, partido político o por si son varones o mujeres, blancos o negros, pobres o ricos. La democracia como ideal de sociedad está convencida de que el bienestar común se logra con la participación de todos y todas. En este sentido, participar no sólo significa elegir libremente a los que nos gobiernan, si no influenciar de manera organizada a aquéllos que tienen poder dentro del gobierno o sobre la empresa privada, para que sus decisiones tomen siempre en cuenta el interés de las mayorías y el bienestar de la humanidad y del planeta”.

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