Tácticas para cambiar las cosas (o tomar el poder)

En Tratado para radicales. Manual para revolucionarios pragmáticos, Saul Alinsky dedica un capítulo a las tácticas que los pobres pueden utilizar para tomar el poder de los ricos. Destaco a continuación algunas de ellas que pueden interesar a las personas que, de alguna manera, dedicamos tiempo a la movilización social (Una advertencia: el estilo de Alinsky tiene un toque belicista o radical que quizá algunos no compartáis; si éste es el caso, buscad un poco debajo, creo que las ideas que subyacen os interesarán, para aplicar o, al menos, para debatir en torno a ellas).

Para ilustrar de manera sencilla lo que son las tácticas tomemos como referencia nuestro rostro y sus partes: los ojos, las orejas y la nariz. Primero, los ojos; si contáis con una organización de masas, podéis hacerla visible a ojos del enemigo, mostrando abiertamente vuestro poder. En segundo lugar, las orejas; si tu organización cuenta con pocos miembros, actuad como Gedeón. Esconded el número en la oscuridad pero haced mucho ruido, tanto ruido que haga creer al enemigo que contáis con un número superior de personas. En tercer lugar, la nariz; si tu organización es tan pequeña que ni siquiera puede hacer ruido, apestad el lugar. Recordad siempre la primera regla de las tácticas de poder: el poder no es sólo lo que tenéis, sino lo que el enemigo cree que tenéis.

(…)

La quinta regla emana directamente de la cuarta: el ridículo es el arma más poderosa del hombre. Es casi imposible contraatacar el ridículo. El ridículo también enfurece a la oposición, reacción que os beneficia.

La sexta regla es: una buena táctica es aquella con la que tu gente disfruta. Si tu gente no se lo está pasando en grande, algo falla.

La séptima regla es: una buena táctica que se alarga demasiado en el tiempo se convierte en un aburrimiento. Las personas pueden conservar su interés por un asunto solamente durante un tiempo limitado, tras el cual su interés se convierte en un compromiso ritual, como ir a misa los domingos. Constantemente surgen nuevos problemas y crisis ante los cuales la gente acaba reaccionando así: “En fin, mi corazón llora por esa gente y estoy muy a favor del boicot, pero después de todo, hay cosas más importantes en la vida” y ahí queda la cosa.

La octava regla: mantened la presión, con acciones y tácticas diferentes, utilizando todos los acontecimientos que se presenten en el momento para presionar a favor de vuestro objetivo.

La novena regla: la amenaza es por lo general mucho más terrorífica que la propia acción.

(…)

La decimotercera regla: elige el blanco, inmovilízalo, personalízalo, y polarízalo.

(…) en la sociedad compleja, interrelacionada y urbana en la que vivimos es cada vez más difícil distinguir quién es el culpable de un mal en particular. La pelota pasa constantemente a nuevas manos. En estos tiempos de metrópolis, de complejos gobiernos urbanos, de grandes corporaciones interrelacionadas y de una gran interdependencia de la vida política entre los estados, las regiones y los municipios, el problema que amenaza con hacerse más y más grande en el futuro es el de identificar al enemigo. Evidentemente, las tácticas no tienen sentido sin un blanco sobre el que centrar nuestros ataques. Un gran problema es el constante cambio de responsabilidad, que pasa de una jurisdicción a otra, y personas y administraciones, una tras otra, niegan siempre su responsabilidad en ciertos temas o condiciones, atribuyendo siempre el poder de cambiar algo a los demás. En las grandes empresas se da siempre la misma situación: el presidente dice que tal problema no es responsabilidad suya, desplazando esa responsabilidad al Consejo de Administración o al de Dirección. A su vez el Consejo de Dirección echará la culpa a los accionistas. (…)

Debemos tener en cuenta que el blanco siempre intentará librarse de sus responsabilidades para dejar de ser el blanco. Éste se moverá en un escaqueo constante, con estrategias bien calculadas, a veces maliciosas, otras veces pensadas con el único objetivo de sobrevivir. Las fuerzas del cambio deben evitar a toda costa que el blanco se escape, deben localizarlo y mantenerlo atrapado. Si una organización permite que la responsabilidad se difumine y se distribuya a un gran número de áreas, el ataque se vuelve imposible.

(…) Uno de los criterios en la elección del blanco es su vulnerabilidad, tenéis que saber si vuestro poder os permite atacarlo. (…)

Otro punto importante a considerar en la elección del blanco es que no debe ser algo general y abstracto como “las prácticas de segregación de la comunidad”, la “empresa X” o “el ayuntamiento”; debe estar personificado. No es posible desarrollar la suficiente hostilidad en contra de, digamos, el ayuntamiento, que después de todo es una estructura concreta, física e inanimada. Lo mismo ocurre con una empresa sin alma ni identidad, o con la administración educativa, un sistema inanimado.

La cita es de Saul Alinsky (2012) Tratado para radicales. Manual para revolucionarios pragmáticos. Traficantes de Sueños, Madrid.

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