Emociones y movilización social

Manuel Castells es un autor que sale recurrentemente en la bibliografía de muchos de los libros que he leído últimamente, aunque, hasta ahora, nunca había tenido entre mis manos una de sus publicaciones. Redes de indignación y esperanza es la primera de ellas y, de momento, tengo que decir que el contenido es interesante. De lo que he leído hasta el momento, creo que no puede faltar en este blog lo que comenta sobre las emociones más importantes para la movilización social y el comportamiento político.

Según la teoría de la inteligencia afectiva –escribe Castells- las emociones más importantes en este sentido “son el miedo (una emoción negativa) y el entusiasmo (una emoción positiva)”.

El entusiasmo, a su vez, está relacionado con la esperanza que “proyecta el comportamiento hacia el futuro. Como una de las características diferenciadoras de la mente humana es la capacidad para imaginar el futuro, la esperanza es un ingrediente fundamental para apoyar la acción de búsqueda de objetivos”.

Pero para que haya entusiasmo y esperanza primero hay que superar la ansiedad:

La ansiedad es una respuesta a una amenaza externa sobre la que la persona amenazada no tiene control. Por lo tanto, la ansiedad lleva al miedo y tiene un efecto paralizante. La superación de la ansiedad en un comportamiento sociopolítico a menudo es resultado de otra emoción negativa: la ira. La ira aumenta con la percepción de una acción injusta y con la identificación del agente responsable de ella. Las investigaciones neurocientíficas han demostrado que la ira está asociada a un comportamiento que asume riesgos. Cuando el individuo supera el miedo, las emociones positivas se imponen a medida que el entusiasmo activa la acción y la esperanza anticipa la recompensa de la acción arriesgada.

Hasta aquí el plano individual. Para pasar al colectivo, al movimiento social, Castells indica que “la activación emocional de los individuos debe conectar con otros individuos”. Y añade:

Para ello se requiere un proceso de comunicación de una experiencia individual a los demás. Para que un proceso de comunicación funcione, hay dos requisitos: la consonancia cognitiva entre emisores y receptores del mensaje y un canal de comunicación eficaz. La empatía en el proceso de comunicación está determinada por experiencias similares a las que motivaron el estallido emocional original. En concreto: si muchos individuos se sienten humillados, explotados, ignorados o mal representados, estarán dispuestos a transformar su ira en acción en cuanto superen el miedo. Este miedo lo superan mediante la manifestación extrema de la ira en forma de indignación cuando tienen noticia de que alguien con quien se identifican ha sufrido algo insoportable. Esta identificación se consigue mejor compartiendo sentimientos en una forma de compañerismo que se crea en el proceso de comunicación. La segunda condición para que las experiencias individuales se conecten y formen un movimiento es, por tanto, la existencia de un proceso de comunicación que propague los acontecimientos y las emociones asociadas a las mismas. Cuanto más rápido e interactivo sea el proceso de comunicación, más probable es que se forme un proceso de acción colectiva, arraigado en la indignación, impulsado por el entusiasmo y motivado por la esperanza.

Los datos del libro son: Manuel Castells (2012) Redes de indignación y esperanza. Alianza Editorial, Madrid.

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