Ciudadanía global al poder. Algunas conclusiones

El otro día estuve en el encuentro Ciudadanía global al poder que organizaba la Coordinadora de ONGD – España y tengo que decir, para empezar, que hacía tiempo que no me iba de uno de estos eventos con tan buen sabor de boca. Por primera vez me dio la sensación de que avanzábamos y que no nos estábamos enredando en ese recurrente bucle que gira en torno a “las ONGD no sabemos movilizar”. Buena parte del mérito fue de la organización de mis compañeras de la Coordinadora y de la dinamización del Colectivo Cala; algunos comentaron que el espacio –La Tabacalera– también contribuyó; y tengo la esperanza de que en el sector estamos alcanzando cierto grado de maduración y, por fin, estamos preparados para ponernos en marcha y dar un paso hacia adelante.

Entrando en materia, destacaría cinco ideas o conclusiones:

  • El sentimiento de inferioridad de las ONGD. Parece que, últimamente, las ONGD vivimos con un permanente sentimiento de inferioridad con respecto a los movimientos sociales. Pensamos que son ellos los que transforman y movilizan, los que conectan con la sociedad, y que sólo podemos aprender de su experiencia. Nos comportamos, además, como si la desconexión entre ambos sólo se debiera a nuestro perfil político y estilo de comunicación. No voy a decir que lo anterior no sea cierto, pero también lo es que esa desconexión se debe, en parte, a una desconfianza basada en el desconocimiento y en la generalización de tópicos sobre las ONGD por parte de los movimientos sociales. Por supuesto, ellos también podrían aprender mucho, muchísimo, de nuestra experiencia. Digo todo lo anterior porque en este tipo de eventos no estaría mal que, ya que vamos a aprender unos de otros, se incluyeran también experiencias o ponencias por parte de las ONGD, que pueden ser tan válidas en cuanto a la transformación como cualquiera de las que se llevaron a Ciudadanía global al poder. Habrá que buscar un poco, pero buenas experiencias hay.
  • Es el momento de los jefes. Conocía de antemano o conocí durante el encuentro a una parte considerable de las personas participantes y creo que no me equivoco si digo que, entre los vinculados a ONGD, predominaban los voluntarios y técnicos, a lo sumo algún cargo intermedio, pero que no había ningún o casi ningún director de departamento o director general. “Los de abajo y los de en medio” ya estamos convencidos de que es necesario cambiar el chip en las ONGD, pero no vamos a avanzar si no implicamos a “los de arriba”, necesitamos “su voluntad política” para generar cambios en el ADN de las organizaciones. Propongo destinar parte de los recursos que dedicamos a este tipo de encuentros a hacer campañas de sensibilización interna dirigidas a los jefes.
  • ¿Qué es eso de la movilización social? Decía Susana Hidalgo en una de las mesas que la gente “está quemada de tanta manifestación”. La manifestación es movilización, pero también lo son el boicot de productos, el voto responsable, el actuar como agente de sensibilización de tu entorno,… Basta de obsesionarnos con la manifestación. Deberíamos ver la movilización como algo del día a día, no sólo como salir a la calle, sino como una transformación que tiene que calar en la forma de vida de las personas. Con esta visión, posiblemente nos daríamos cuenta de que las ONGD somos más transformadoras de lo que creemos, llegaríamos a mucha más gente (incluidos a aquéllos que no se quieren manifestar) y, de paso, pasaríamos a estar en el s. XXI. Sin menospreciar, repito, el valor de la manifestación, no creo que puedan “tener la exclusiva” de la movilización. El centro de nuestras estrategias de cambio social en el s. XXI no puede ser la misma que lo fue en el XIX y XX. Pensemos en Coca – Cola, por poner un ejemplo. Puede que hasta se rieran mientras unos cuantos de miles de personas se manifestaban por el cierre de una de sus fábricas. Qué diferente hubiera sido si durante una semana, sólo una semana, nadie hubiera comprado sus productos en toda la Comunidad de Madrid. Quizá también hay una movilización social silenciosa, una que no podemos representar con el megáfono y la pancarta.
  • A ver si nos aclaramos, ¿con banderas o sin ellas? A las ONGD se las critica (también desde dentro) porque no participan institucionalmente en las grandes movilizaciones, como las del 22M por ejemplo. Pero también se las critica (nuevamente también desde dentro) porque allá donde van, despliegan sus logotipos y “estrategias de marca”. ¿No es un poco incompatible una crítica con la otra? Habrá que decidir qué modelo o qué modelos queremos promover y para ello habría que reflexionar mucho. Para empezar, se me ocurren dos cuestiones: 1) Si se puede hacer un apoyo institucional desvinculándolo de tu marca, cosa que me cuesta ver; y 2) si el problema es la marca, es decir, ¿mucha marca es igual a poca o mala movilización? Por aportar algo al tema, tengamos en cuenta que Greenpeace y Amnistía Internacional son organizaciones a las que nos queremos parecer, a las que reconocemos por su capacidad de movilización, y tienen una política de marca posiblemente mucho más marcada que la de cualquier ONGD.
  • La comunicación de las ONGD tiene que ser como el sexo. En uno de los talleres hablamos sobre el discurso de las ONGD y llegamos a la conclusión que debería ser como el sexo: cálido, profundo, con pasión y que lleve a la acción. Sólo así conseguiremos que sea una herramienta para llegar a las personas y para generar cambios.

Seguimos avanzando.

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