Las coca-colas de Ramón Espinar y el consumo responsable

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Lo que le ha pasado a Ramón Espinar le podía haber pasado a cualquiera. Conozco a varias personas que se autodenominan activistas que beben Coca – Cola, hacen la compra los domingos o visten del grupo Inditex. Incluso las ONGD tienen cuentas en bancos que tienen muy poco de ético.

Somos incoherentes, pero no queremos que el resto se entere. De hecho, diría que, salvo excepciones, nos parecemos más al progre con complejo de culpa que quiere salvar el mundo del que habla Colin Beavan en No impact man que al modelo de consumidor responsable que queremos promover entre la ciudadanía.

(…) se me revolvían las tripas cada vez que veía uno de esos mapaches o zarigueyas reventados sobe la carretera en Palisades Parkway; y, además, también me daba pena que se matara a animales pequeños solo por su piel. Sin embargo, me las apañé en aquel entonces para eximir a mis zapatos de cuero de la idea de que la humanidad anteponía la vanidad al buen trato a los animales. A pesar del desprecio que sentía por mi propio ‘yo quiero comprar’, mi desdén por las marcas de diseño y todo lo consumista se tornó, digamos, un poquito más transigente. Yo era uno de esos tipos que se compran un televisor de cincuenta y dos pulgadas y después se creen unos rebeldes contra la sociedad de consumo por haber elegido el modelo con descuento que lleva un tiempo expuesto en el escaparate. (…) Lo cierto es que en ocasiones he tratado de hacer del mundo un lugar mejor, pero estaba empezando a pensar que mis convicciones políticas se centraban, con frecuencia, en cambiar a los demás, como fue el caso con Michelle [su mujer], y muy rara vez en cambiarme a mi mismo. Cometí el error de pensar que condenar las fechorías de los demás me colmaba, en cierto modo, de virtud. Llegue a la conclusión de que me había convertido en uno de esos típicos progres que se escudan detrás de unos cuantos gestos políticos irrelevantes y pequeñas privaciones en su estilo de vida, y que después se permiten el lujo de emplear el resto de su energía en sentirse superiores a todos los que supuestamente no hacen lo suficiente.

Ramón Espinar y muchos otros, entre los que me incluyo, con nuestros comportamientos incoherentes no reconocidos servimos en bandeja de plata la crítica a los que no tienen ningún interés en cambiar el mundo, desmotivamos a los que tienen dudas sobre lo que proponemos e incluso enfadamos a los más comprometidos. Un auténtico desastre.

Pero, ¿es el problema la incoherencia? Pienso que no es el principal. El gran problema es que la propuesta de cambio, la defensa de otro tipo de consumo, se hace desde supuestas grandes atalayas de superioridad moral: nosotros los solidarios, los comprometidos con los débiles, os vamos a decir a vosotros, consumidores irresponsables, qué debéis comprar y qué no para que el mundo sea mejor. Es después de mirar al “menos solidario” por encima del hombro cuando te pillan saliendo de Zara y todos tus argumentos se vienen abajo, perdiendo cualquier fuerza y legitimidad y provocando un rechazo que arrastrarás la próxima vez que tengas una propuesta.

¿Cuál es la alternativa? Seguir trabajando para fomentar un consumo más responsable lo más generalizado posible (también en nosotros mismos), aunque cambiando de estrategia. En este sentido:

  • Dejemos de lado tarimas, atalayas y superioridades morales.
  • Fuera los látigos y los flagelos, más defensa de la “coherencia dentro de la incoherencia” que la coherencia pura. Coca – Cola está infinitamente mejor que Mecca – Cola, tener el dinero en el BBVA es mucho más sencillo y práctico que en cualquier entidad financiera ética y comprar en Mercadona es bastante más barato que en la tienda ecológica del barrio. Cambiar pautas de consumo viviendo en el mundo en el que vivimos está menos rico, lleva más tiempo y es más caro, es un esfuerzo. No castiguemos a la gente porque no es coherente al 100%, aplaudamos que lo son al 30% y mañana lo serán al 31% (sin dejar de decir, por supuesto, que el objetivo es el 100%).
  • Reconozcamos que el “enemigo” es mucho más poderoso que nosotros. Pongamos claramente sobre la mesa que las marcas a las que se dirigen las acciones de boicot están profundamente arraigadas a nivel social, son incluso imagen de nuestro modo de vida, y gastan millones de dólares al año en publicidad. Es normal que cualquiera caiga en sus redes, incluso aunque no quiera.
  • Seamos conscientes de los tiempos. El cambio no se puede producir mañana, ni siquiera la semana que viene. Sabemos que los cambios sociales son largos. Es imposible pasar de 0 a 100 de la noche a la mañana y menos sin pasar por el 1, el 2, el 3, el 50, el 79, el 98 y el 99. No somos coches de formula 1, somos bicicletas. Por tanto, vayamos paso a paso y reconozcamos los pequeños avances, aunque no sean el objetivo final.
  • Ofrezcamos opciones variadas más allá del “yo conozco otro producto similar y más ético”. Por ejemplo, una buena amiga, hace unos años, consumía habitualmente café de Starbucks, era su pequeño capricho. Consciente de los impactos de sus envases de usar y tirar, políticas comerciales, etc. dejaba su reflexión sobre las prácticas de la empresa en el buzón de sugerencias cada vez que se tomaba allí un café. No es claramente el ideal, pero es infinitamente mejor que hacer nada y si fuera reconocido podría ser un paso previo a un cambio futuro de pautas de consumo. Rechazarlo por insignificante sólo nos hace perder un aliado.
  • Vayamos con otras. ¿A nadie le llama la atención que después de años denunciando los impactos del cultivo de aceite de palma sobre bosques, gorilas, población de países del Sur,… al final las cadenas de alimentación van a retirar este ingrediente por sus impactos sobre nuestra salud? ¿No estaríamos ya en otro tema si nos hubiéramos juntado antes?

Por tanto, menos superioridades morales, más realismo con el sistema en el que nos movemos y más compartir con otras entidades. Quizá así avancemos hacia un consumo con mucha mayor capacidad de transformación.

Tu compra es tu voto

Hace unas semanas, en ONGAWA lanzamos la campaña Efecto Luciérnaga. ¡Lúcete! Durante el proceso de diseño he leído y releído algunos libros relacionados. Uno de estos últimos es Tu compra es tu voto de Carlos Ballesteros. Os dejo algunas de sus líneas:

El consumo es, sin duda, uno de los más importantes motores de la economía actual. Consumir, comprar bienes y servicios, es una función esencial de los agentes económicos en los países desarrollados. (…) El consumo es así una variable, si no la única, fundamental en el desarrollo de los países y de las economías y en la creación de riqueza. (…) Somos ciudadanos en tanto que consumidores, perdiendo cada vez más otras características que nos definen y nos explican. Existimos en tanto en cuanto consumimos y somos consumidos.

(…)

(…) desde que somos pequeños nos educan en el consumo, en la simbología, en los lugares, las etiquetas, marcas y los tiempos de compra. Somos capaces de valorar rápidamente la relación calidad – precio de un producto y podríamos citar decenas de marcas y nombres de tiendas. Sin embargo, apenas se nos educa en las consecuencias de este tipo de comportamientos y hacia un consumo responsable. Podemos estar comprando en contra de nuestros principios, pero lo desconocemos; no sabemos dónde encontrar ciertos productos o es muy difícil conocer su origen; tampoco nos enseñan a protegernos de una publicidad abusiva, ni sabemos qué hacen con nuestros ahorros cuando los dejamos en el banco.

Es necesario pues reivindicar preguntas como: ¿cómo ejercer una opción de consumo en nombre de los otros y no restringir la libertad de elección? ¿Lo necesito? ¿Cuántos de estos tengo ya? ¿Cuánto lo voy a usar? ¿Cuánto me va a durar? ¿Podría pedírselo prestado a un amigo o a un familiar? ¿Puedo arreglármelas sin él? ¿Voy a poder mantenerlo / limpiarlo / repararlo yo mismo? ¿Tengo ganas de hacerlo? ¿He investigado para conseguir mejor calidad y menor precio? ¿Cómo me voy a deshacer de él una vez que haya terminado de usarlo? Las materias primas que se usaron ¿son renovables? ¿Está hecho de materiales reciclables? ¿Hay algo que ya posea que pueda reemplazarlo?

(…) El fomento de un consumo sostenible, de un consumo consciente y responsable, es una manera, tan válida como cualquier otra, de conciliar producción y rentabilidad con el respeto por las personas y por el medio. Y un buen comienzo para ello es tomar conciencia de que cada uno de nosotros y nosotras somos corresponsables de los efectos sociales y ecológicos de lo que compramos y consumimos y actuar en consecuencia. Tu compra es tu voto quiere hacer referencia a que cada vez que uno elige un producto de una marca concreta, en un establecimiento determinado, está optando (votando) por un modelo económico, social, de relaciones… determinado. Todos los días.

La cita es de: Carlos Ballesteros (2007) Tu compra es tu voto. Ediciones HOAC, Madrid.

¿Cuánta comida tiramos?

Esta tarde he estado leyendo sobre la última crisis alimentaria y los factores que podrían explicarla. Según la campaña “Derecho a la alimentación. Urgente” hay que considerar entre estos factores a las pérdidas de alimentos:

Al incremento de la población y de la demanda de alimentos se añade el hecho de las enormes pérdidas de alimentos que pueden estar influenciadas por las elecciones y patrones de producción, por las capacidades e infraestructuras, por las cadenas de comercialización, por los canales de distribución y por los usos y prácticas de los consumidores. Un reciente informe publicado por la FAO concluye que alrededor de un tercio de todos los alimentos que se producen en el mundo para consumo humano se pierden, lo que equivale a la mitad de la cosecha anual de cereales. Este desperdicio de alimentos se reparte casi a partes iguales entre países desarrollados y países en desarrollo, aunque, analizando en cantidades per cápita, las diferencias son grandes, ya que en Europa y Norteamérica las pérdidas son de entre 95 y 115 kg. al año por persona, mientras en África subsahariana son entre 6 y 11 kg. Además, el informe muestra que las pérdidas de alimentos que se producen ya en manos de los consumidores son mínimas en la mayoría de los países en desarrollo -en los que las pérdidas se distribuyen en las fases de cultivo, postcosecha, procesamiento y distribución- y sin embargo son muy altas en los países industrializados. De hecho, con los alimentos que se pierden en las manos de los consumidores de países ricos se podría alimentar a toda África subsahariana. Habría que revisar a fondo este sistema agroalimentario mundial que se permite pérdidas tan cuantiosas en medio de un mundo que sufre hambre (la negrita es mía).

¿Qué podemos hacer como ciudadanía? Mandar esos alimentos que tiramos a los países del Sur no sería la solución a esta parte del problema del hambre (sería más caridad que justicia), pero sí que sería una contribución importante analizar qué hacemos con la comida que compramos y modificar nuestros patrones de consumo -qué compramos y a quién- para tratar de nuestro impacto sea el menor posible. No olvidemos que la producción de alimentos consume grandes cantidades de recursos -tierra, agua y energía, principalmente- vitales para el medio ambiente y la población del Norte y del Sur.

La cita de este post es de: Campaña “Derecho a la alimentación. Urgente” (2011) Especulación financiera y crisis alimentaria. Campaña “Derecho a la alimentación. Urgente”, Madrid. Disponible en formato digital aquí.